Dicen por ahí que un buen dirigente sindical debe formase como mínimo en economía política, legislación laboral, historia política y del sindicalismo, de ahí la razón que se esté perdiendo la mística y el verdadero valor de la lucha obrera Colombiana.

En una sociedad de consumo como la colombiana, donde cinco familias determinan el rumbo del Estado y los medios de comunicación juega un papel preponderante en las decisiones de las clases menos desfavorecidas, el concepto de trabajador organizado o sindicalizado se ha convertido en una suntuosidad, para muchos representa el oportunista que quiere un mejor salario, el perezoso que no quiere cumplir un horario o en muchos casos el personaje maligno que quiere acabar con las empresas y sus empresarios.

Hace 50 años un personaje excepcional irrumpió en la vida política colombiana. No provenía de las tradicionales élites partidistas que habían usufructuado el perverso aparato estatal por más de un siglo. Su suelo nutricio eran más bien las corrientes de un cristianismo autocrítico que sacudía dogmatismos heredados e intentaba recuperar valores primigenios, de cara a los desafíos éticos de un mundo sumergido en injusticias y violencias estructurales.

La ansiedad de alcanzar autonomía, reconocimiento, desarrollo e igualdad, ha sido una constante de las poblaciones, como asentamientos humanos, que en el pasado, posterior a la organización territorial, política y económica, de la américa precolombina, surgió como anhelos de libertad e independencia, en las Colonias Españolas.

Resulta desafortunado para el país, para el proceso de paz y para el postconflicto, los acontecimientos de la semana pasada en donde a través de un operativo judicial, policial y mediático fueron capturados, judicializados y estigmatizados, jóvenes estudiantes, egresados de la Universidad Nacional, activistas de Derechos Humanos y,  líderes sociales y políticos del Congreso de los Pueblos, en una acción a todas luces irresponsable de las autoridades buscando dar resultados por los atentados de Bogotá.  

Los resultados de los comicios del domingo 25 de octubre de 2015 evidencian, una vez más, que en Colombia quien ostenta el poder económico tiene los votos y que las fuerzas alternativas difícilmente pueden hacer política electoral ante la enorme desventaja que significa enfrentar a las grandes maquinarias.

Siento como propio el sufrimiento y la angustia, que sienten nuestros 13 hermanxs y compañerxs que a esta hora y desde hace 2 días ven como se criminalizan sus sueños y sus actividades en nombre de la clase popular.

Un ambiente de indignación y patriotismo solidario por los “vejámenes” del régimen Venezolano, se siente en los colombianos hoy, este sentimiento de amor patrio, no se sentía desde hace un año, cuando los goles de James hicieron saltar de felicidad a toda Colombia; desfiles de grandes patriotas como el Senador Uribe se ven en la frontera, haciendo respetar nuestra soberanía, un despliegue de medios de comunicación, telenoticias con música de fondo al estilo de Hitchcock, demuestra el compromiso que las cadenas informativas tienen con los desfavorecidos.

El jefe de la delegación de paz del gobierno colombiano en La Habana, Humberto de la Calle, sostuvo ayer en una entrevista que las FARC son los causantes de la desaparición del movimiento sindical colombiano. Es un intento de mezclar causa y efecto para salvar el Estado que sí es el responsable del genocidio físico y jurídico del sindicalismo colombiano.

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