En estos meses, la ciudadanía colombiana, que habita y ve correr su vida en la ciudad de  Bogotá, hemos observado como la administración pública del Distrito Capital, no lleva aún cien (100) días, y pareciera que llevará más de mil (1000), porque ha sido tanto el desmedido interés de asomar como hienas hambrientas sus apetitos, por doce (12) años de ausencia del poder local, que todo lo quieren vender, privatizar, volver concreto, matar el metro, para impulsar un Sistema de Transporte cuyos beneficiarios directos no somos los ciudadanos de Bogotá, sino los grandes capitalistas del suministro de Tanques de Guerra rojo, que almacenan a los seres humanos que transportan, como si los fueran a llevar a los campos de concentración Nazi, por lo menos esas son las escenas que comparándolas con el sinnúmero de documentales y películas sobre el tema, se logra ver, con la única diferencia, que allá eran trenes y acá son Transmilenio.

Todo cuerpo colegiado toma sus decisiones por mayoría, eso fue instituido desde la antigua Grecia por Clístenes, fundador de este sistema de gobierno tan alabado en la actualidad.

La ansiedad de alcanzar autonomía, reconocimiento, desarrollo e igualdad, ha sido una constante de las poblaciones, como asentamientos humanos, que en el pasado, posterior a la organización territorial, política y económica, de la américa precolombina, surgió como anhelos de libertad e independencia, en las Colonias Españolas.

El paro más grande en la historia de Colombia fue en el año 1977, años después y a pesar de que fue la CSTC la que lo asumió en las calles, se supo que quienes los impulsaron por intermedio de Tulio Cuevas presidente de la UTC en la época, fueron el Ospino-Pastranismo en contra de la presidencia de López Michelsen.

Los resultados de los comicios del domingo 25 de octubre de 2015 evidencian, una vez más, que en Colombia quien ostenta el poder económico tiene los votos y que las fuerzas alternativas difícilmente pueden hacer política electoral ante la enorme desventaja que significa enfrentar a las grandes maquinarias.

Dicen por ahí que un buen dirigente sindical debe formase como mínimo en economía política, legislación laboral, historia política y del sindicalismo, de ahí la razón que se esté perdiendo la mística y el verdadero valor de la lucha obrera Colombiana.

Un ambiente de indignación y patriotismo solidario por los “vejámenes” del régimen Venezolano, se siente en los colombianos hoy, este sentimiento de amor patrio, no se sentía desde hace un año, cuando los goles de James hicieron saltar de felicidad a toda Colombia; desfiles de grandes patriotas como el Senador Uribe se ven en la frontera, haciendo respetar nuestra soberanía, un despliegue de medios de comunicación, telenoticias con música de fondo al estilo de Hitchcock, demuestra el compromiso que las cadenas informativas tienen con los desfavorecidos.

En una sociedad de consumo como la colombiana, donde cinco familias determinan el rumbo del Estado y los medios de comunicación juega un papel preponderante en las decisiones de las clases menos desfavorecidas, el concepto de trabajador organizado o sindicalizado se ha convertido en una suntuosidad, para muchos representa el oportunista que quiere un mejor salario, el perezoso que no quiere cumplir un horario o en muchos casos el personaje maligno que quiere acabar con las empresas y sus empresarios.

Hace 50 años un personaje excepcional irrumpió en la vida política colombiana. No provenía de las tradicionales élites partidistas que habían usufructuado el perverso aparato estatal por más de un siglo. Su suelo nutricio eran más bien las corrientes de un cristianismo autocrítico que sacudía dogmatismos heredados e intentaba recuperar valores primigenios, de cara a los desafíos éticos de un mundo sumergido en injusticias y violencias estructurales.

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